La
ganadora del Premio es “Maestra del relato corto”, según el dictamen de la
Academia sueca. La sucesora del escritor chino Mo Yan en el galardón más
importante de las letras nació en Wingham (Ontario) en 1933.
Redacción
AN
octubre 10, 2013 6:40 am
La escritora canadiense Alice Munro ganó
el Premio Nobel de Literatura 2013 por ser “maestra del relato corto“,
con lo que se convirtió en la decimotercera mujer en recibir este
reconocimiento.
La mujer, de 82 años, se caracteriza por la
claridad y el realismo psicológico, indicó la Academia de Ciencias de Suecia.
Conocida como “la Chéjov de Canadá“, Munro
construyó la base del realismo moderno canadiense, que en Estados Unidos se
cimentó antes.
Su inicio en la literatura fue a los 30
años, con cuentos y relatos que vendía para la radio pública canadiense.
Reconoció la influencia de escritoras como Katherine Anne Porter, Flannery
O’Connor, Carson McCullers y Eudora Welty, así como de autores de la talla de
James Agee y William Maxwell.
De los treces libros que lleva publicados se
conocen en castellano los siguientes: Las lunas de Júpiter (1982,
edición original),Progreso del amor (1986), Amistad de
juventud (1990), Secretos a voces(1994), El amor
de una mujer generosa (1998), Odio, amistad, noviazgo, amor,
matrimonio (2001), Escapada (2004), La vista
desde Castle Rock(2008) y Demasiada felicidad, conocida en
2009.
En 2012 el Nobel de Literatura fue a parar a manos
del escritor chino Mo Yan.
El escritor que ganó el primer Premio Nobel de
Literatura en 1901 fue el poeta y ensayista francés Sully Prudhomme.
La ‘semana Nobel’ comenzó este lunes 7 de octubre
con el anuncio de los premios de Medicina. El martes se dio a conocer el Nobel
de Física y el miércoles el de Química. El viernes se anunciará el ganador del
premio de la Paz, que se otorga en Noruega, a diferencia de los otros premios,
que se otorgan en Suecia. El Nobel de Economía, un premio establecido por el
Banco Central de Suecia en 1968, será anunciado el 14 de octubre.
Fragmento: Escapada
por Alice Munro
Sylvia no tenía nada
que hacer en la casa más que abrir las ventanas. Y Pensar – con una ansiedad
que la consternaba sin sorprenderla demasiado – cuánto tardaría en poder ver a
Carla.
Toda la parafernalia de la enfermedad
había desaparecido. El cuarto que fuera dormitorio de Sylvia y su marido –
luego convertido en cámara mortuoria -, estaba limpio, ordenado para que
pareciera que allí no había pasado nunca nada. Carla le ayudó en esa faena
durante los pocos días frenéticos transcurridos entre la cremación del marido y
la partida de Sylvia rumbo a Grecia. Las prendas de ropa que León había usado y
algunas que no se había puesto nunca – incluso regalos de las hermanas que
jamás salieron de los paquetes -, fueron apiladas en el asiento trasero del
coche y entregadas en la tienda de segunda mano Sus píldoras, sus enseres de
afeitarse, las latas sin abrir de tónicos que lo sostuvieron tanto tiempo como
fue posible, los paquetes de galletas de sésamo que una vez comiera adocenas,
los frascos de plástico llenos de una loción que le aliviaba el dolor de
espalda, las pieles de cordero donde yacía… Todo eso fue a parar a bolsas de
plástico arrastradas afuera como la basura, sin que Carla cuestionara nada.
Nunca dijo, “A lo mejor alguien podría usar eso”, ni señaló que cartones
enteros de latas estaban sin abrir. Cuando Sylvia dijo, “Querría no haber
llevado la ropa al pueblo. Querría haberlo quemado todo en el incinerador”,
Carla no se mostró sorprendida.
Limpiaron el horno, restregaron las
alacenas, enjuagaron paredes y ventanas. Un día Sylvia estaba en el salón
repasando las cartas de pésame recibidas. (No había papeles acumulados ni
libretas que fuera necesario revisar, como sería de esperar tratándose de un
escritor. No había trabajos sin terminar ni borradores garabateados. Meses
antes él le había dicho que había tirado todo. “Sin contemplaciones.”) La
pared en declive de la fachada sur de la casa tenía grandes ventanales. Sylvia
levanto los ojos, sorprendida por la sombra de Carla, las piernas desnudas, los
brazos desnudos en lo alto de la escalera, la cara resulta coronada con un rizo
de pelo color diente de león, demasiado corto para la trenza. Rociaba y
restregaba vigorosamente el cristal. Cuando vio que Sylvia la miraba se detuvo,
extendió los brazos como si estuviera despatarrada allí y puso cara de gárgola
tontucia. Las dos se echaron a reír. Sylvia sintió que esa risa la recorría de
pies a cabeza como una corriente juguetona. Volvió a sus cartas y Carla reanudó
la limpieza. Decidió que todas esas palabras amables – sinceras o de cumplido,
elogiosas o compungidas – podían seguir el camino de las pieles de cordero y
las galletas.
Cuando oyó que Carla apartaba la
escalera y se quitaba las botas en la terraza se sintió de pronto cohibida. Se
quedó donde estaba con la cabeza inclinada mientras Carla entraba en la
habitación camino de la cocina, para meter el cubo y los trapos bajo el
fregador. Carla apenas hizo un alto, era rápida como los pájaros, pero de
refilón dejó caer un beso en la cabeza inclinada de Sylvia. Siguió de largo
silbando algo casi inaudible.
Desde entonces Sylvia no se quitaba
el beso de la mente. No tenía ningún significado particular. Era una manera de
decir “ánimo” o “casi he acabado”. Significaba que eran buenas amigas, que
habían hecho juntas muchas tareas dolorosas. O quizá sólo que había salido el
sol. Que Carla pensaba volver a su casa y ocuparse de los caballos. Sin
embargo, Sylvia lo consideró un florecimiento halagüeño, cuyos pétalos se le
desparramaban por dentro tumultuosa calidez, como sofocón menopáusico.
Era frecuente que entre sus alumnas
de cualquiera de las clases de botánica hubiera alguna especial, una cuya
inteligencia, dedicación y torpe egotismo – hasta cierta genuina pasión por el
mundo de la naturaleza – le recordara su juventud. Esas chicas merodeaban a su
alrededor, la idolatraban, esperaban alguna suerte de intimidad que, en la
mayoría de los casos, ni siquiera imaginaban. Y no tardaban en crisparle los
nervios.
Carla no se parecía en nada a ellas.
Si a alguien se semejaba en la vida de Sylvia, sería a ciertas chicas conocidas
en el instituto: las que eran brillantes, pero nunca demasiado brillantes;
buenas atletas, pero no exageradamente competitivas; vitales, pero bravuconas.
Alegres por naturaleza...
Jessica Bolaños Cáceres